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Previsión, supervivencia y seguro

La pandemia nos demostró lo poco o mucho que fuimos previsores. En lo mucho, quizás el aislamiento total por encima de las disposiciones gubernamentales, o tal vez el ahorro, el seguro entre otros; y en lo poco, en la aglomeración, en la desobediencia social, en los malos hábitos de alimentación etc. Pero en lo poco o en lo mucho que fuimos previsores hay un motivador común: sobrevivir. La supervivencia es un instinto natural que posee el hombre y que se “despierta” en situaciones donde el subconsciente ordena al cerebro una serie de múltiples reacciones físicas y psicológicas cuyo objetivo finalmente es resolver una cuestión que amenaza nuestra integridad o la de aquellos que nos rodean.

En lo poco o en lo mucho, la situación económica por supuesto es una limitante ante la previsión. Por eso la previsión tiene como sumisión a la prioridad. La prioridad nos permite “discernir” en función a mis posibilidades (económica/física/ideal/social), que medidas de previsión debería tomar para “sobrevivir”. Pero definir las prioridades no resulta una tarea fácil ya que mis prioridades quizás no son las mismas que la de mi entorno, a quien quiero que sobrevivan conmigo. Y aparece así un elemento que me facilita enormemente la tarea de discernir mis prioridades: la probabilidad. La teoría de las probabilidades nos permite determinar la posibilidad de la ocurrencia de un evento. Y hemos escuchado esto cientos de veces, quizás sin darnos cuenta de ello. Por ejemplo, si uso mascarillas y el otro no, la probabilidad de contagiarme en un ambiente cerrado se reduce al 70%; pero si ambos tenemos mascarillas esa probabilidad aumenta al 95%. Y en ese ejemplo podemos clarificar en que, “…mi instinto de supervivencia hace que mi subconsciente ordene a mi cerebro tomar la previsión de usar mascarilla, que está dentro de mis prioridades, y de mi posibilidad (económica) ante la probabilidad de que el riesgo de contagio para mi sea del 70% al 95%...”.

Paradójicamente, el seguro descansa sobre estos mismos elementos: a) la previsión, como medio de “absorber” los riesgos. En este caso, el asegurador por una relación contractual, se coloca en la situación del asegurado en el caso de ocurrir un evento. Se ofrece defender, pagar, reparar, reconstruir o reponer en nombre del asegurado. Lo contrario sería aquella persona que absorbe su propio riesgo sin transferir a nadie, hace una “reserva” para cualquier contingencia, o lo evade o evita directamente apartándose de cualquier exposición. b) la probabilidad, que por la teoría del riesgo le permite establecer mediante la “ley de los grandes números” la aleatoriedad del riesgo. Es decir la secuencia de eventos que pueda ocurrir en un determinado periodo de tiempo, teoría desarrollada por matemáticos a través de las estadísticas con el cual se puede considerar no asegurables aquellos riesgos que poseen una “certeza” de ocurrencia o bien y en el otro extremo ninguna probabilidad de ocurrencia. Con estos factores se construye la “prima de tarifa” es decir, la tasa porcentual a aplicar sobre la suma asegurada del bien y que debe percibir el asegurador para hacer frente al pago de los siniestros que “probablemente” sufrirá y en la frecuencia estimada.

En el caso del seguro de vida, siendo coberturas de periodos largos, para la fijación técnica de las tarifas, la probabilidad se calcula sobre la base de los llamados “cálculos actuariales” necesarios para estimar al valor presente la tasa correcta y nivelada de capitales fijos en el largo plazo y donde la edad del asegurado va aumentando o envejeciendo.

Así, en lo mucho o en lo poco de ser previsor, el seguro no es una prioridad, pero las probabilidades de ocurrencia de determinados eventos pueden ser muy altas, por ello debemos calcular en base a mi posibilidad financiera, ceder aquellos riesgos al asegurador sobre todo cuando la incidencia económica en caso de producirse el evento, podría afectar mi patrimonio y quizás hasta mi supervivencia.

09 de junio de 2021